México y gran parte de América Latina comparten una costumbre: enmascarar los problemas en lugar de resolverlos. Cuando algo duele, se busca una solución rápida, frecuentemente mediante dinero o endeudamiento. Los problemas no desaparecen, simplemente se ocultan y crecen bajo la superficie, legando el conflicto a las próximas generaciones. Esta práctica es común en las organizaciones. Cuando un empleado clave amenaza con irse, se le aumenta el sueldo sin investigar qué lo motiva. Cuando un área pierde dinero, otras la subsidian. En los equipos, algunos cargan el trabajo de compañeros que no cumplen, mientras que jefes que maltratan a su personal permanecen en sus puestos si generan números. Todos saben que proyectos fracasarán pero nadie lo menciona. Es la costumbre de pagar para no ver: las empresas gastan recursos para evitar mirar sus propias realidades, decisiones postergadas y formas de trabajo verdaderas. El silencio, el aumento salarial y el subsidio son apuestas para no mostrar las cartas. Pagar es cómodo, requiere solo una firma. Mirar obliga a cambiar. A partir del 1 de enero de 2027, la jornada laboral máxima disminuirá de 48 a 46 horas semanales, bajando dos horas por año hasta alcanzar 40 horas en 2030. Muchas empresas ya planean la salida más fácil: pagar las dos horas como tiempo extra, sin modificar turnos ni negociar con sindicatos. La ley facilita esto, aumentando el tope de horas extra pagadas al doble de 9 a 12 por semana, mientras la jornada se reduce en ocho horas. Muchos trabajadores aceptarán esta opción porque dos horas pagadas al doble tienen más valor que la reducción de tiempo.
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