LONDRES—Durante las perturbaciones del mercado de oferta, existe un momento crítico cuando la preocupación por la inflación cede paso a la inquietud sobre el desempeño económico. Este giro representa una de las pruebas más significativas y potencialmente peligrosas para los encargados de la política económica, dado que mercados, instituciones monetarias y gobiernos operan en cronogramas distintos y, en ocasiones, persiguen objetivos contradictorios. Los mercados financieros actúan como precursores. Dado que los mercados accionarios y crediticios se adelantan al futuro, reflejan las consecuencias de un choque en el crecimiento económico antes de que estos impactos aparezcan en las estadísticas. Cuando comienza la perturbación, mientras los mercados esperan mayor inflación y compresión de ganancias empresariales, los valores de las acciones descienden mientras los precios petroleros se elevan. Posteriormente, las acciones continúan cayendo incluso cuando el petróleo se abarata. Este movimiento típicamente señala que los mercados han pivotado desde anticipar inflación hacia pronosticar contracción económica. El aplanamiento o inversión de la estructura de tasas de interés confirma esta transición: las tasas de largo plazo disminuyen cuando el mercado prevé recesión, mientras las tasas de corto plazo permanecen sin cambios porque los bancos centrales aún no han reducido sus tipos de referencia. Los bancos centrales generalmente reaccionan en segundo lugar, y con frecuencia con reservas. Poseen una inclinación institucional hacia la defensa contra la inflación, particularmente tras la experiencia inflacionaria de 2021-2023. Ningún directivo bancario central desea repetir el error atribuido a Arthur Burns, presidente de la Reserva Federal estadounidense durante la primera crisis petrolera de los años setenta, quien clasificó incorrectamente una perturbación de oferta como temporal, permitiendo que las expectativas inflacionarias se desestabilizaran. No obstante, esta cautela genera riesgos propios. El banco central mantiene el enfoque en la inflación de costes, pues las presiones sobre precios agrícolas y fertilizantes tardan en propagarse por la economía, pero los mercados ya descartan un crecimiento inferior al potencial. El resultado es un período donde el banco central aparenta una postura más contractiva que la del mercado, apretando aún más las condiciones financieras mediante rendimientos más altos a corto plazo y una moneda apreciada, intensificando la contracción. Este patrón invierte lo ocurrido entre 1974 y 1975: mientras Burns relajó la política monetaria prematuramente permitiendo el desanclaje de expectativas, el peligro presente es que los bancos centrales mantengan las tasas en niveles excesivamente restrictivos, permitiendo que la destrucción de demanda se vuelva incontrolable. Finalmente están las autoridades fiscales, que frecuentemente actúan en último lugar. Políticamente, el gasto fiscal durante una crisis es simple de iniciar pero complicado de retirar. Considerando que los subsidios energéticos y los límites de precios representan
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