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Violencia e inseguridad acechan a trabajadores en zonas industriales marginadas del país

Recorridos por distintas regiones fabriles revelan una realidad alarmante: los trabajadores asalariados enfrentan una convergencia de adversidades que va más allá de la pobreza extrema y los salarios insuficientes. En territorios aislados y atrasados, la inseguridad y la violencia se han convertido en costos adicionales que erosionan la calidad de vida de millones de mexicanos. Estos hombres y mujeres no solo lidian con ingresos que no alcanzan para cubrir alimentación, vivienda, servicios básicos y educación familiar, sino que ahora deben enfrentar asaltos, amenazas, extorsiones y el cobro de derechos de paso a las puertas de las fábricas y en sus trayectos hacia el hogar. La magnitud del problema ha llegado a extremos nunca antes vistos. Algunas empresas han cancelado turnos nocturnos debido a la gravedad de la situación, mientras que otras han abandonado los servicios de transporte para sus empleados, dejándolos expuestos a riesgos incalculables. Este fenómeno representa otra manifestación del avance de la ilegalidad que permea la sociedad mexicana, invisibilizado por indiferencia, conveniencia o la tendencia generalizada de voltear la mirada hacia otro lado. La situación adquiere mayor relevancia con la resolución del Panel Independiente de Expertos Laborales respecto a Minera Camino Rojo en Mazapil, Zacatecas, propiedad de la canadiense Orla Mining. Casi dos años después de la denuncia del sindicato Los Mineros sobre violaciones a derechos de libertad sindical, el Panel confirmó no solo la denegación de derechos por intervención empresarial, sino que la gerencia toleró deliberadamente un ambiente de coerción, miedo e intimidación. El panel enfatizó que el conocimiento de la empresa sobre riesgos del crimen organizado en la zona intensificaba su responsabilidad de proteger a los trabajadores, constituyendo una violación directa a la legislación laboral mexicana.

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