Robert Pape, reconocido profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y director del Chicago Project on Security and Threats, advierte sobre un fenómeno que ha estudiado durante décadas en conflictos internacionales. En una entrevista extensa en el canal Triggernometry, Pape expone el mecanismo que denomina “trampa de la escalada”, mediante el cual los éxitos tácticos iniciales de una potencia militar pueden conducir a consecuencias estratégicas desastrosas. El académico, cuyas investigaciones han moldeado la doctrina militar estadounidense, analiza cómo cada nuevo triunfo genera presión para avanzar hacia fases más arriesgadas de confrontación. Los eventos de junio de 2025 marcaron el inicio de esta dinámica. Israel ejecutó ataques contra instalaciones nucleares, bases militares y líderes militares iraníes, mientras que Estados Unidos, según el presidente Trump, destruyó los complejos nucleares de Natanz, Fordow e Isfahan. No obstante, el uranio enriquecido no fue eliminado sino dispersado por Irán, lo que resultó en la pérdida de acceso para inspectores internacionales. El siguiente escalón incluyó operaciones aéreas dirigidas a eliminar al máximo líder iraní y desestabilizar el gobierno. Sin embargo, Pape subraya que en un siglo de historia moderna, el poder aéreo jamás ha logrado derrocar un régimen mediante bombardeos. Por el contrario, tales campañas tienden a fortalecer la cohesión interna frente a amenazas externas. Irán respondió con una estrategia no convencional pero efectiva: controlando el Estrecho de Ormuz incrementó su dominio sobre el suministro mundial de petróleo del cuatro al veinte por ciento, permitiéndole exportar crudo a China e India y generar miles de millones de dólares mensuales. Paradójicamente, los intentos por debilitar la economía iraní resultaron en su fortalecimiento. La lógica de la confrontación armada impulsa hacia un tercer nivel: operaciones militares terrestres, desembarcos anfibios y control de territorios estratégicos como la Isla Kharg. En esta fase, el conflicto transita desde impactos temporales hacia daños permanentes e irreversibles. Una invasión desencadenaría la destrucción sistemática de infraestructura petrolera iraní, cuya reconstrucción requeriría años y provocaría una crisis energética global comparable a la de 1973, pero de mayor magnitud y duración. Las fases posteriores presentan escenarios aún más catastróficos. El análisis de Pape basado en décadas de datos demuestra que el noventa y cinco por ciento de los ataques suicidas están directamente relacionados con la presencia de fuerzas extranjeras en territorios ocupados, no con motivaciones religiosas. Una invasión generaría olas de terrorismo sin precedentes, descrito por Pape como “ISIS con esteroides”, ejecutado por la Guardia Revolucionaria cuya capacidad operativa supera enormemente la de organizaciones terroristas anteriores. Adicionalmente, el uranio ya dispersado, combinado con la tecnología de drones iraní, podría transformarse en armamento radiológico capaz de obligar evacuaciones masivas en ciudades como Tel Aviv o Dubái. Frente a este panorama, Pape identifica una salida diplomática: un nuevo acuerdo nuclear similar al pacto de 2015 negociado por la administración Obama con aliados europeos, que establecería enriquecimiento mínimo de uranio al tres coma cinco por ciento, levantamiento de sanciones económicas e inspecciones internacionales inmediatas. La viabilidad de esta propuesta depende de la voluntad política de ambas partes para evitar la espiral destructiva que caracteriza la trampa de la escalada.
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